La guerra de los zombies en el calor del sol amado

Caraota Digital

Amos Smith
Periodista

Vuelvo a los títulos al estilo de las películas de Alfredo Anzola para hablarles de las inmensas factorías de muertos vivientes que este desgobierno construye con una descomunal eficiencia a lo largo y ancho de la provincia venezolana. Un ensañamiento que empalidece al Marqués de Sade. Pero, en tanta repartición de miserias, al Zulia se le han afincado con la mayor saña. ¿Será que algún jalamecate, antizuliano oficial, tuvo la infeliz gracia de obsequiarle unos huevos chimbos vencidos al gran plátano amarillo?.

Yo he sido de esos millonarios de la vida, eso sí, sin cobres, que ha tenido dos madres. La de sangre y la de crianza. A las dos las quiero y las recordaré hasta el fin de mis días. Lo mismo me sucede con la tierra. En la que nací y la que me adoptó. Yo nací en Punto fijo, península de Paraguaná, en el estado Falcón. Después de un milagroso trío de dieces en las tres marías (física, química y matemáticas) para culminar la secundaria, me fui a estudiar Periodismo en la Universidad del Zulia. Recuerdo llegar a Maracaibo como el propio hombre del monte (montuno pues). El humor y el cariño de su gente me sedujo de inmediato (es que siempre he sido un tipo regalao). Una ciudad que era una sola fiesta corrida, donde se adelantaba la Navidad, desde octubre, cuando bajan los furros («Ah sí, la tambora con varilla», como me dijo un amigo caraqueño), pasando por la Feria de La Chinita en noviembre y así la alegría desbordada llegaba hasta enero. Seguramente no faltará que se le ocurra una de esas justificaciones surrealistas, a las que también nos quiere acostumbrar esta desmemoria. Algo así como «si la gente se trasnocha para fiestas, por qué no sacrificarse en una guerra eléctrica». Pero como dice el chamo Alexis Blanco – un muy querido fablistán y actor de la cultura maracucha – “He aquí que padecemos de un inusual estado de guerra molecular donde, créanlo o no, ya todos somos zombies des-almados”.

Maracaibo fue la primera ciudad de Venezuela con luz eléctrica. Ahora es la que menos cuenta con ella en todo el país. Un ataque inoculado, aniquilador de hasta el espíritu más fortalecido, cuando te desvelas a más de 50 grados de temperatura. Sin sumar la falta de efectivo, la inseguridad, el cierre de cientos de negocios, el transporte inhumano, la orfandad de la salud, la ausencia de agua y gas, las interminables colas de la gasolina – a dólar el litro si no la quieres hacer. Todo con la filosofía de plata para el amigo y plan para el enemigo. Una victoria parcial sobre una tierra arrasada, patrocinada por la miseria singular de una corte malandra.

A finales del siglo antepasado el Zulia sobrevivió a la tirria que le tenía el gran pacificador Antonio Guzmán Blanco, quien llego a unir Zulia y Falcón, bautizándolo como el Gran Estado Falcón, nombrando capital a Capatárida. Ese viejo deseo de convertir al Zulia en una “playa de pescadores” tiene cómplices y verdugos a quienes no hay que ser Nostradamus para predecir un destino, aún más trágico, que el que han hecho transitar a sus víctimas.

En mi reciente viaje a Maracaibo, al cruzar el puente observo por primera vez, en su entrada y salida, la desaparición de las casetas de recaudación. El canto de las aves parece haber desaparecido en las calles solitarias de la ciudad. Me tomo un café con un amigo empresario que me cuenta, entre lágrimas, la partida de un hijo, a buscar en un país austral las oportunidades perdidas. Un apreciado abogado me narra cómo asistió a la muerte de su padre a causa de un medicamento que no llegó a tiempo. Otro, comerciante, me cuenta cómo en el primer apagón nacional saquearon su negocio, amparados por las bandas armadas de la Gobernación. Todos ellos me afirman que se quedan en la ciudad. Paradójicamente, presienten un final cercano a la pesadilla. Sin duda, en un país de inmensas dificultades, Maracaibo es la capital mundial de la resiliencia. Es una tragedia absurda, como sus autores, dueños de una mala fe absoluta. Son ellos quienes han sancionado y condenado al pueblo venezolano. El robo y el despilfarro de una riqueza colosal nos ha convertido en un pueblo de indigentes. Somos mucho más que esta edición especial de Walking Dead en la que nos han querido convertir. Se les olvida que estos zombies conservan sentimientos, todavía tienen el inmenso poder de reírse de sus propias calamidades y resisten. Lo han aguantado todo con un estoicismo asombroso. Es una larga noche. Pero siempre va a amanecer. Siempre. Como un verso del poeta Udon Pérez.

¡Que ladre y muerda la tropa jauría!

Mientras yo te llamo con voces del alma mía, a boca llena, Maracaibo mía.

Yo siempre estaré agradecido con una tierra que le ha dado todo a Venezuela, una tierra que me ha dado a mí todo. Perdonen hoy la ausencia de mi acostumbrado cinismo. Pero es que hay cosas con las que uno no puede. Como canta Fito Páez.

¿Quién dijo que todo está perdido?
Yo vengo a ofrecer mi corazón
No será tan fácil. Ya sé lo que pasa
No será tan simple como pensaba
Como abrir el pecho y sacar el alma
Una cuchillada del amor
Luna de los pobres siempre abierta
Yo vengo a ofrecer mi corazón

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rubio

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